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cuaderno de bitácora

Detalles de mis viajes

Los Andes en dos ruedas

Las aventuras que realmente merecen la pena duran el tiempo que se recuerdan, son una herencia imborrable para seguir soñando despiertos con nuevos desafíos. Los siguientes párrafos son experiencias que he vivido viajando en bicicleta por las montañas de los Andes, son historias de ciclismo de montaña donde las cumbres no son el principal destino, una filosofía de vida inspirada en la seductora y salvaje magnitud de los territorios montañosos de nuestro planeta practicando una actividad sostenible y respetuosa con el medio ambiente. La bicicleta es el medio de transporte, las montañas la fuente de inspiración y las gentes del camino la magia que envuelve los viajes de aventura. Pedalear a cuatro mil metros de altura entre volcanes, lagunas de colores, pampas y altiplanos Aquel día el paso fronterizo de Hito Cajón (4.500 m), entre Chile y Bolivia, era un puño geográfico encogido debajo del Juriques (5.704 m) y el Licancabur (5.920 m), dos viejos conos volcánicos que emergen de altiplanos interminables y picotean el cielo de los Andes por encima de cinco mil metros de altitud. Llevaba varios días pedaleando por el desierto de Atacama y estaba bien aclimatado al soroche de la puna andina y las severas inclemencias ambientales. Pero aquel día en el Portezuelo Cajón la lluvia, la niebla y el frío convertían la caseta de los policías bolivianos en un lugar siniestro, el ambiente era desolador y nada más sellar el pasaporte salí pitando hacia el Altiplano buscando paisajes inspiradores y confortables. En laguna Verde dejó de llover, salió el sol y el Licancabur se convirtió en la diosa de las maravillas, rodeada por una preciosa corte de princesas de piedra con una corona blanca de hielo y nieve. Un grupo de flamencos rebuscaba alimento en la orilla de la laguna, parecían estatuas de colores clavadas en la superficie del agua. Y en el cielo las nubes corrían a toda velocidad en todas direcciones, el contraste era desconcertante. El viento llegaba cortante y seco, igual de desagradable que todas las tardes. Y estaba completamente solo en medio de aquel paisaje irreal que parecía la entrada en una nueva dimensión. Contemplar la Vía Láctea en la cumbre de un volcán dormido a cinco mil metros de altitud Las noches en los desiertos de Atacama eran frías y cuando el viento soplaba fuerte eran aún más insoportables, sobre todo porque sentía una soledad desgarradora. Cada noche esperaba con gusto enfrentarme a ese desafío y retar a la intemperie de la puna, sentir el zarandeo de la ventisca mientras escuchaba durante horas las voces fantasmas que arrastraba el vendaval por los interminables salares andinos. Siempre tenía que montar la tienda o buscar un refugio de cualquier tipo para protegerme de la helada que traía el aire nocturno. La tarde anterior al día que tenía previsto hacer la cumbre del volcán Ollague (5.868 m) pensaba acampar en las ruinas de un antiguo poblado minero en la base del cerro, a unos 4.300 metros de altitud, y al amanecer iniciar la subida hasta el cráter. En las bolsas de la bici llevaba agua y comida para dos días y pesaban bastante, cada cien metros positivos las bielas parecían pegadas al cuadro de la bici y sentía que en cualquier momento sería imposible empujar los pedales. Y al mismo tiempo, cada vez que levantaba la vista y contemplaba el panorama quería subir más alto, no podía dejar de mover las piernas, estaba embriagado por el aire enrarecido de la montaña y decidí subir hasta la pingorota de la pirámide de salitres volcánicos para pasar la noche cerca de la fumarola de la cumbre. En un extremo del cráter brotaba un geiser de gases blanquecinos y era muy sugerente vivir unos instantes a su lado. Y el mejor recuerdo de aquella ascensión no fue el exotismo de pisar un volcán activo, fue el rato que pasé contemplando la Vía Láctea reflejada sobre el inmenso resplandor del Salar de Uyuni y en un rincón la sombra tenebrosa del Aucanquilcha (6.176 m), la siguiente montaña prevista en aquella aventura ciclomontañera. Al amanecer estaba en la cumbre, y la salida del sol fue fantástica, aunque la huella emocional del volcán Ollague será siempre la Vía Láctea de la noche anterior, el espectáculo nocturno más bonito que he visto nunca. La orilla de un lago de montaña poblado por treinta mil flamencos rosados La laguna Colorada del Altiplano boliviano es el paraje más popular y turístico de la Ruta de las Joyas Altoandinas, un itinerario muy frecuentado por todo tipo de viajeros entre el Salar de Uyuni, en Bolivia, y San Pedro de Atacama, en Chile, recorriendo salares, lagunas de montaña de todos los colores, termas, geiseres de gases sulfurosos, volcanes y paisajes marcianos donde se han rodado varias películas de ciencia ficción. La famosa laguna estaba en el mapa de ruta después de ascender el volcán Uturuncu (6.010 m), aunque parecía que todos los caminos del Altiplano pasaban por allí, y puse rumbo hacia el célebre humedal colorado porque también necesitaba llenar las bolsas de víveres. La zona es una reserva de fauna salvaje y hay que pagar entrada, después podía merodear libremente en bicicleta por geografías fabulosas. Y precisamente elegí un camino no apto para vehículos todo terreno que atajaba cerca de la orilla del lago entre el puesto de control del parque y el poblado principal de la laguna. Los problemas para los coches eran las zonas encharcadas de lodos amarillos y naranjas y los remansos donde el agua invadía las rodadas del carril. En los tramos inundados cargaba la bici por las laderas de las colinas que rodean la laguna, fuera de la pista, y avanzaba sin problemas. Y estaba completamente solo. La tranquilidad de visitantes en esa orilla del humedal favorecía la presencia de miles de aves y pude disfrutar un momento de vida salvaje único. Nunca he visitado las grandes reservas de fauna de las sabanas africanas, que sin duda serán magníficas, pero aquella tarde en la laguna Colorada contemplé una estampa que solo había visto en documentales de televisión, un mundo de agua roja rodeado de volcanes y picos nevados y más de treinta mil flamencos rosados y otras aves andinas cantando y rebuscando comida, otro momento inolvidable en la aventura ciclomontañera en los Andes. Las tenebrosas danzas humeantes de varias tormentas que salen de las entrañas de los volcanes y se unen para crear un huracán andino En esos días el destino era el volcán Sairacabur (5.970 m), una montaña preciosa con laderas de colores, campos de penitentes y quebradas de arenas volcánicas que parecían vibrar constantemente, era como navegar dentro de un sueño de geografías de fantasía. Y sobre todo es una cumbre «sencilla» en bicicleta porque tiene una vieja pista minera hasta 5.700 metros. La aproximación desde San Pedro de Atacama es un camino de ripio con muy buena ciclabilidad. La principal dificultad son los tres mil seiscientos metros positivos hasta la cumbre. El plan era llegar esa noche hasta 5.500 metros de altitud, acampar y al día siguiente hacer la cumbre y continuar la aventura ciclomontañera. Las primeras horas de subida fueron agradables y entretenidas, tenía a la vista el Licancabur con su llamativa perfección volcánica, pasaba aldeas de pastores, tomé un baño en las aguas termales de Puritama y justo en el desvío del carril que sube hacia el Saricabur noté el acontecimiento, a 4.300 metros. La temperatura descendió bruscamente, se levantó un viento gélido del oeste y en unos minutos aparecieron unas torres gigantes de nubes grises y negras por todas partes. En la inclinada planicie del cruce no había ninguna posibilidad de refugio, ni siquiera unos riscos decentes para soportar el viento. En la dirección de las cumbres aparecían colinas rojas, marrones y naranjas con infinidad de formas y relieves, quería escapar de la ventisca y llegué hasta cinco mil metros, donde estaban las horquillas más duras de la subida. La idea era alcanzar el plató que hay a 5.500 metros, con unas lagunas saladas y mejores lugares para refugiarse, pero los demonios de las tormentas montaron el aquelarre diabólico mucho antes y acurrucado en unas piedras aguanté el mayor huracán andino que atacó en aquellos días. Los truenos hacían temblar los Andes desde las entrañas y los relámpagos caían por todos lados, cuando aflojó la tormenta eléctrica llegó el aguacero. La lluvia convirtió la ladera de la montaña en una riada de lodos marrones y el mundo alrededor era una cascada de agua pastosa. El diluvio pasó y dejé de pasar miedo. Estaba empapado y tiritando de frío, no podía dar pedales del tembleque y caminando llegué tres horas después en plena oscuridad hasta el lugar previsto para vivaquear, cansando y relativamente caliente, las mejores condiciones para entrar en el saco y descansar. En las montañas de Atacama los acontecimientos son completamente imprevisibles, pasan de la crueldad absoluta a la amabilidad más seductora. Al amanecer contemplé la salida del sol desde la cumbre y fue la inspiración para planear nuevos objetivos. Una «conversación» en quechua con una pastora de llamas Los viajes ciclomontañeros por las grandes cordilleras del planeta me han llevado hasta regiones con poblaciones singulares y rasgos culturales que llenan de valor y autenticidad cualquier aventura montañera. Los pueblos que habitan en las montañas son los nombres y apellidos de esos paisajes, con sus costumbres, rasgos sociales y estilos de vida. Las zonas de montaña de todo el mundo siempre han sido territorios aislados, difíciles de habitar, con accesos complicados que forman la barrera natural para el intercambio de relaciones sociales, mercancías y noticias, que son las piezas principales de la globalización. En los salares del Altiplano la vida es dura y las nuevas generaciones huyen de cuidar rebaños de llamas y ovejas, cultivar las áridas tierras volcánicas o soportar inhóspitos inviernos quemando leña en cabañas de adobe, quieren un vehículo todo terreno para pasear turistas o buscar cualquier trabajo en las grandes ciudades, estas fueron las primeras ideas que creí entender a una pastora de llamas que encontré en el valle de Quetena Chico mientras preparaba la ascensión del volcán Uturuncu (6.010 m). El grupo de llamas invadió el camino y paré en la cuneta, hice alguna foto y cuando llegó la pastora escondí la cámara. Pensaba que no hablaría porque las mujeres del Altiplano suelen ser distantes, además estaba acompañada por una niña. En cambio, después del saludo inició un monólogo de dos horas en quechua, con algunas palabras en español cuando notaba que no entendía nada. No tenía ninguna prisa, ese día tocaba aclimatación, y ella parecía disponer de todo el tiempo del mundo. Habló de la gente de su pueblo, de la familia, nombró casi una por una las llamas del rebaño y recordó el paso de los corredores del Dakar por el valle. La mayor parte del tiempo parecía que pensaba en voz alta porque se dirigía hacia los cerros y los volcanes que teníamos alrededor, seguramente como lo haría todos los días. Y dedicó un buen rato para hablar del Uturuncu, era su montaña y estaba a nuestro lado, inmensa y majestuosa, y cuando dije que tenía intención de llegar hasta la cumbre puso la mano sobre mi cabeza y relató una especie de plegaría en quechua, una invocación de la «buena estrella» porque dos días después, en la cumbre de la montaña, salvé la vida por los pelos. Escalar en bici las laderas cenicientas del Nevado Ojos del Salado hasta seis mil metros de altura El Nevado Ojos del Salado (6.893 m) es el volcán más alto del planeta y la segunda cumbre de los Andes detrás del Aconcagua (6.962 m). El Ojos es una montaña de aspecto amigable desde lejos, sin rasgos técnicos notables y destino de primer nivel en la avenida montañera de los seismiles andinos. Y en unas horas puede convertirse en un ogro terrorífico, en realidad así son muchas montañas, aunque por encima de seis mil metros de altitud las sensaciones adquieren una entonación especial. El último campamento confortable antes de la ascensión definitiva fue el Refugio Murray (4.480 m), dormimos y comimos protegidos del viento sin quitar la vista del gran nevero colgado sobre la cara norte, la ruta que pensaba subir un par de días después. Las huellas de todo terreno llegan cerca del lugar donde ocurrió un accidente hace varias décadas y los equipos de rescate dejaron las rodadas y dos contenedores metálicos que usan las expediciones de refugio, uno en el campamento Atacama (5.250 m) y otro en Tejos (5.800 m). En realidad hay marcas de vehículos hasta 6.688 metros de altura, el punto más alto alcanzado por un todo terreno tuneado, en 2007 (Record Guinness). El primer día subí pedaleando hasta el campamento Atacama, las condiciones climatológicas eran pésimas pero tenía que estar alto para aprovechar una imprevisible mejoría del tiempo. En el contenedor estaban instalados tres polacos que esperaban también la ventana de buen tiempo, llevaban allí una semana, dos intentos y no confiaban mucho en hacer la cumbre esos días. Por la tarde llegaba un viento atroz desde el oeste, después una tormenta que dejaba algo de nieve y al amanecer la temperatura descendía hasta 20 grados bajo cero. En esas condiciones era complicado disponer de las doce horas necesarias para subir y bajar de la cumbre. Y mi equipo ciclomontañero era muy justo para condiciones extremas. En bici aprovechaba las horas del deshielo por la mañana, antes de la nevada de la tarde, para pedalear a seis mil metros por un reino de cenizas grises medio congeladas, sentía que estaba en un mundo al que no pertenecía pero quería mantener el punto de aclimatación. Finalmente agotamos todos los días disponibles sin poner los pies en la cumbre del gran volcán. El año siguiente volví de nuevo hasta el campamento Atacama en bici y la montaña tampoco nos dejó subir hasta el púlpito sagrado. Sin duda el vínculo que tengo con el Nevado Ojos del Salado no es para alcanzar la cima, aunque volveré y repetiré la subida para sentir la embaucadora fascinación de pedalear a seis mil metros de altitud. El instante en el que nacen los sueños Los montañeros siempre hablamos de sueños, del instante que aparece algo en la imaginación y no podemos descansar felices hasta que se hace realidad. Los mapas tienen algo de culpa, son una gran fuente de inspiración, y las historias de otros montañeros también, especialmente cuando tienen algo de pasión. La belleza de las montañas combinada con la plenitud de los paisajes naturales son un constante manantial de sueños, necesitaríamos siete vidas para cumplir todos ellos. El instante que nacen los sueños es inesperado, surge en cualquier momento. La mayor parte de los planes que tengo pendientes han surgido en los senderos de las montañas, subiendo por los caminos de la cimas, contemplando un paisaje, durante un vivac estrellado o paseando entre árboles, los bosques siempre son generosos e inspiradores. El instante que nacen los sueños es el despertar de la motivación más absoluta, a partir de ese momento el mundo particular de cada uno gira alrededor de ese objetivo y todo tiene sentido, es cuando vivir tiene sentido. Soñar con grandes montañas y «cumbres imposibles» obliga a vivir cada instante intensamente para conseguir alcanzar ese desafío. Sin sueños no hay objetivos y sin objetivos la vida pierde gran parte del sentido.

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